CÓMO INFLUYEN LAS HERIDAS EMOCIONALES DE TU INFANCIA EN LA RELACIÓN CON TU ADOLESCENTE

Me escribe una madre que me sigue desde hace un tiempo. Me dice que lee y lee sobre maternidad y educación, que intenta aplicar todas esas teorías que tan maravillosas le parecen. Que es incapaz de responder a su adolescente desde la calma, que reacciona “en automático”: con gritos, reproches, enfado, desconexión. Está preocupada y se siente culpable. Se siente cada vez más lejos de su hija y, al mismo tiempo, incapaz de acercarse. Le respondo que es normal. Que cuando decidió cambiar su forma de educar emprendió un camino que la llevaba a un lugar mucho más profundo: a las profundidades de sí misma. Y que, en ese viaje, probablemente se ha topado con las heridas emocionales de su infancia, que sin ella saberlo determinan la relación con su adolescente

Qué son las heridas emocionales de la infancia

Hay infancias muy difíciles, en las que no nos cabe duda de que puede latir un trauma. Y luego están las demás, las nuestras, infancias suficientemente buenas a las que no acusaríamos de ponernos lastres emocionales.

Y, sin embargo, la manera de educar que lleva siglos transmitiéndose de generación en generación pasa por la ausencia de conexión empática entre infante y adulto, lo que hace que el bebé y niño esté expuesto de forma frecuente a situaciones que le resultan dolorosas porque no se siente plenamente aceptado.niña herida

Las heridas emocionales son las consecuencias de este tipo de microtraumas que, al repetirse en el tiempo, impiden en el niño un desarrollo pleno y acaban teniendo repercusiones en la edad adulta.

Muchas personas adultas viven con ellas sin ser realmente conscientes, creyendo que la insatisfacción y la ansiedad que sienten son normales, porque son comunes a mucha gente. Pero la realidad es que su normalización no las hace naturales.

Y luego, esas personas tienen hijos, y entonces se sienten en el disparadero, porque se reaviva el dolor y les hace reaccionar “en automático”, como María. Se convierten así en transmisores de las heridas. Por eso resulta tan difícil educar de forma diferente a como lo hicieron nuestros padres, porque no se trata solo de saber, de entender y de formarse, sino que necesita de un cambio más profundo.

Porque para cambiar la manera en que educamos, primero debemos sanar nuestras heridas. (Tienes una entrevista con Luna Roca donde ampliamos este tema aquí)

Repercusiones en la edad adulta de las heridas emocionales de la infancia

Los hijos nos hacen revisitar nuestro pasado. Y de la misma manera en que, cuando tienen cinco años, la noche de Reyes nos lleva a la emoción que sentíamos cuando éramos niños, sus emociones negativas nos conectan directamente con las emociones negativas de nuestra infancia. Nos sentimos amenazados, cuestionados, impotentes, confundidos… Porque así nos sentíamos en nuestra infancia, y nadie nos enseñó a gestionar las emociones, solo a esconderlas.

Hay cinco heridas primarias, y cada una de ellas deja una huella diferente, pero todas se caracterizan porque, en nuestra maternidad o paternidad, sentimos dificultades para ser empáticos con nuestros hijos. Es decir, que cuando nuestro adolescente nos da una mala respuesta, inmediatamente sentimos amenaza y saltamos a defendernos, en lugar de entender (aunque lo sepamos) que aún no tiene suficiente autocontrol, conectar con el porqué de su contestación y dar espacio para las emociones.

HERIDAS EMOCIONALES

Podríamos decir que los siguientes síntomas son generales en las personas que necesitan sanar alguna de sus heridas primarias:

  • Inseguridad.
  • Autoestima baja.
  • Impulsividad.
  • Mayor riesgo de sufrir diversos trastornos psicológicos.
  • Dificultad para establecer relaciones afectivas sólidas.
  • Actitud defensiva o agresiva.
  • Ansiedad.
  • Depresión.
  • Pensamientos obsesivos.

En la relación con nuestros hijos, normalmente el mayor síntoma de que tenemos una herida por sanar es la dificultad de controlar nuestras reacciones ante los conflictos, aunque tengamos la información que podría ayudarnos a hacerlo.

Cuáles son las heridas emocionales de la infancia y cómo se manifiestan

La herida de abandono

El miedo al abandono no es un temor exclusivo de quienes han sufrido abandono real en la infancia, pues puede ser consecuencia de un sentimiento de ausencia de compañía o protección (se puede sentir ante la llegada de un bebé a la familia, pero también ante unos padres que no están disponibles aunque sí estén presentes – los “ahora voy”, “espera” continuados y que nunca se concretan, por ejemplo -).

Las personas que tienen la herida de abandono suelen mostrar un temor exacerbado a quedarse solas, lo que puede manifestarse en forma de dependencia emocional (hacia los propios padres, amistades, pareja o hijos). 

Cuando los hijos llegan a la adolescencia y manifiestan su necesidad de tener más libertad, algunas personas con herida de abandono pueden llegar a hacerles chantaje emocional (“te vas por ahí y te olvidas de tu familia”). Es, otra vez, el miedo a la soledad.

Otras personas pueden llegar a no ligarse emocionalmente a los hijos por miedo a que les abandonen.

El miedo al rechazo

Es una herida que nace en el rechazo, más o menos explícito, que podemos recibir en nuestra infancia por parte de las personas más importantes para nosotros (nuestra madre en primer lugar, y también otras personas de la familia). 

Si nuestros padres mostraban desinterés por aquello que nos gustaba, por nuestros sentimientos o nuestras acciones, pudimos sentirlo como un rechazo hacia nosotros mismos, y terminar sintiendo que no éramos amados incondicionalmente.

Las personas que tienen miedo al rechazo se caracterizan por una baja autoestima; sienten que no merecen el amor de las otras personas, y suelen aislarse para no sentir esa herida.

Cuando se tienen hijos adolescentes, es muy común que la herida se manifieste en forma de pánico ante sus críticas (y ya sabemos que los adolescentes no son nada indulgentes con las madres y padres), con una reacción emocional (ira, tristeza profunda) que parece excesiva para la realidad vivida.

La herida de la humillación

Por desgracia, la educación se ha basado durante muchos siglos en la crítica feroz. Casi todas las personas recordamos, de nuestra infancia, episodios de humillación causados por quienes se suponía que tenían que cuidarnos y guiarnos (padres, maestros).humillada

La repetición de este tipo de conducta sobre un infante hace que su autoestima no se pueda desarrollar de forma sana y que se convierta en una persona dependiente y complaciente, que busca la aprobación constante de los otros. En esta búsqueda, las propias necesidades suelen quedar ignoradas.

Es una herida que se ve con mucha frecuencia en las madres, que, olvidando sus propios sentimientos y necesidades, sienten que deben adoptar determinadas actitudes para ser vistas por otras personas como “buenas madres”.

Pero también se ve en algunas personas que repiten los patrones y educan desde la humillación, ridiculizando a sus hijos cuando no actúan conforme a lo que ellas pretenden.

La herida de la traición

Hay niños que se sienten continuamente traicionados por sus padres, que no cumplen sus promesas con la excusa de que “se le ha olvidado” o de que “no es importante” o “no tengo tiempo”. El infante se siente decepcionado y así se origina la herida emocional de la traición.

La consecuencia de la traición es el desarrollo de una personalidad basada en la desconfianza (si no confío en alguien, entonces no me decepcionará), pero también en la necesidad de control.

En su maternidad o paternidad, son personas a quienes les gusta tenerlo todo bajo control, se enfadan enseguida cuando los planes no marchan según lo que han planeado y, en ocasiones, sienten satisfacción al pensar que los hijos fracasarán si rechazan su plan o su ayuda

Para las personas heridas de traición es muy difícil dejar ir el control, por lo que suelen sentir las demandas de libertad de los hijos adolescentes como una amenaza, a la que reaccionarán con una negativa. Esto lleva a situaciones difíciles de gestionar en la familia.

La herida de la injusticia

La herida de la injusticia surge cuando las personas de apego han sido frías y rígidas, han puesto sus exigencias demasiado altas y seguido un estilo de crianza autoritario. Todo ello provoca en el niño sentimientos de inutilidad, y también la sensación de que sus preferencias y opiniones no se escuchan.

Como adultos, son personas con rigidez mental, a las que les cuesta mantener conversaciones con diferentes puntos de vista, y que dan mucha importancia a las creencias y a los valores

Esta rigidez, en su rol de padres o madres de adolescentes, se manifiesta en la incapacidad de reconocer como válidas las opiniones de sus adolescentes.

La presencia de estas heridas de la infancia hace que, en muchas ocasiones, incluso aunque pretendamos dar a nuestros hijos una educación democrática, determinadas vivencias nos pongan en el disparadero, que las sintamos como una amenaza porque nos hacen revivir la herida.

Por eso, cuando profundizamos en nuestro camino hacia una crianza consciente, muchas veces debemos pararnos a sanar las heridas.

De esto hablaremos en el próximo post. Además, el día martes, 21 de diciembre tendremos un taller donde profundizaremos mucho más en este tema. Puedes inscribirte en este enlace a ORIGEN

¿Te has reconocido en alguna de las heridas? Cuéntamelo aquí debajo.

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