Hace unos años era frecuente que muchos adolescentes quisieran estar más delgados. Hoy, especialmente entre los chicos, empieza a aparecer otra obsesión cada vez más habitual: no verse suficientemente musculados.
El gimnasio se ha convertido en un espacio muy presente en la vida de muchos jóvenes y, en la mayoría de los casos, eso es una excelente noticia. Hacer ejercicio mejora la salud física, reduce el estrés, fortalece la autoestima y favorece el bienestar emocional. El problema aparece cuando el deporte deja de ser una fuente de salud y empieza a convertirse en una obligación que gira exclusivamente alrededor de la apariencia física.
Cada vez es más frecuente encontrar adolescentes que entrenan varias horas al día, siguen dietas extremadamente restrictivas, consumen suplementos sin supervisión profesional o viven convencidos de que nunca tienen suficiente músculo, aunque objetivamente presenten una complexión fuerte y saludable.
La vigorexia no consiste en querer cuidarse. Consiste en sentir que el propio cuerpo nunca es suficiente, por mucho que cambie. Y detectar esa diferencia a tiempo puede evitar mucho sufrimiento.
Qué es la vigorexia y por qué puede aparecer en la adolescencia
La vigorexia, conocida también como dismorfia muscular, es un trastorno relacionado con la imagen corporal en el que la persona desarrolla una preocupación intensa por la idea de no tener suficiente musculatura o de verse demasiado pequeña o débil, incluso cuando objetivamente posee un cuerpo musculado.
Aunque durante mucho tiempo se pensó que afectaba casi exclusivamente a adultos, hoy sabemos que puede comenzar durante la adolescencia, precisamente cuando la identidad, la autoestima y la imagen corporal todavía se están construyendo.
En esta etapa el cuerpo cambia rápidamente y es normal compararse con los demás. El problema aparece cuando esa comparación se vuelve constante y el valor personal empieza a depender casi exclusivamente del aspecto físico.
La Academy for Eating Disorders y el DSM-5-TR describen la dismorfia muscular como una forma de trastorno dismórfico corporal en la que la preocupación por el tamaño y la musculatura puede llegar a condicionar profundamente la vida cotidiana. La persona no deja de verse «demasiado pequeña», aunque quienes la rodean perciban justamente lo contrario.
Cuando la imagen que un adolescente tiene de sí mismo deja de coincidir con la realidad, el espejo deja de ser un reflejo y se convierte en una fuente constante de insatisfacción.
Diferencia entre cuidar el cuerpo y obsesionarse con ganar músculo
Practicar deporte, seguir una alimentación equilibrada o querer mejorar la condición física forma parte de un estilo de vida saludable. La preocupación aparece cuando todo gira alrededor del cuerpo y cualquier aspecto de la vida queda supeditado al entrenamiento.
Un adolescente puede entrenar cinco días por semana y no presentar ningún problema. Del mismo modo, otro puede entrenar menos horas y, sin embargo, vivir completamente obsesionado con su apariencia.
La diferencia no está únicamente en el tiempo dedicado al gimnasio, sino en la relación psicológica que mantiene con su cuerpo.
Señales de alerta en casa
Algunas conductas pueden indicar que la preocupación por la musculatura está dejando de ser saludable. Por ejemplo, mostrar una ansiedad intensa cuando no puede entrenar, pesarse o mirarse al espejo constantemente, evitar actividades sociales porque interfieren con el gimnasio, sentirse muy culpable si un día no hace ejercicio o hablar continuamente de ganar masa muscular.
También conviene prestar atención cuando el adolescente deja de disfrutar del deporte. Lo que antes era una actividad motivadora empieza a convertirse en una obligación rígida de la que siente que no puede escapar.
El objetivo deja de ser encontrarse bien; pasa a ser corregir un cuerpo que nunca considera suficiente.
Gimnasio, dieta, suplementos y redes sociales
Las redes sociales han cambiado profundamente la forma en que los adolescentes perciben el cuerpo masculino. Influencers, modelos y creadores de contenido muestran físicos extremadamente musculados que muchas veces son fruto de años de entrenamiento, genética favorable, retoques digitales o, en algunos casos, consumo de sustancias anabolizantes que nunca se mencionan.
Como consecuencia, muchos jóvenes terminan comparando su cuerpo en desarrollo con imágenes completamente irreales.
A esto se suma la enorme cantidad de contenido sobre dietas, suplementación y entrenamiento que circula por internet. Aunque parte de esa información sea rigurosa, otra transmite mensajes simplistas o promesas poco realistas que pueden aumentar la presión por conseguir resultados rápidos.
Diversas revisiones publicadas en PubMed y recogidas por la American Psychological Association (APA) muestran que una mayor exposición a contenidos centrados en la apariencia física se asocia con un aumento de la insatisfacción corporal y de las comparaciones sociales durante la adolescencia.
En muchas familias la preocupación aparece cuando el adolescente empieza a entrenar mucho, pero el verdadero problema suele estar en la relación que mantiene con su propio cuerpo y consigo mismo.
En el programa Encantado de conocerme acompañamos a los adolescentes para que aprendan a conocerse mejor, descubran su verdadero valor y desarrollen una autoestima que no dependa de un espejo, de un número de seguidores o de la opinión de los demás.
¿Tiene algo que ver La Velada del Año?
Cada año, millones de adolescentes siguen con entusiasmo La Velada del Año. Más allá del espectáculo deportivo, muchos jóvenes observan durante meses la transformación física de los participantes: entrenamientos intensivos, cambios radicales en el cuerpo y una enorme atención mediática hacia el resultado.
Esto no convierte a La Velada en un problema. De hecho, para muchos adolescentes puede ser una fuente de inspiración para empezar a practicar deporte, adquirir hábitos más saludables o descubrir disciplinas como el boxeo.
Sin embargo, también conviene aprovechar este tipo de eventos para hablar con nuestros hijos sobre un aspecto que suele pasar desapercibido: no todo el mundo parte del mismo punto ni obtiene los mismos resultados.
Los participantes cuentan con entrenadores personales, nutricionistas, fisioterapeutas y varios meses dedicados a preparar un único evento. Además, las imágenes que después circulan por redes sociales suelen mostrar únicamente el resultado final, no el esfuerzo, el cansancio, las frustraciones o las limitaciones del proceso.
El riesgo aparece cuando algunos adolescentes empiezan a pensar que ese físico es el estándar al que todos deberían aspirar. Si, además, pasan horas consumiendo vídeos sobre rutinas imposibles, dietas extremas o transformaciones espectaculares, es fácil que comiencen a sentirse insuficientes cada vez que se miran al espejo.
La inspiración es saludable. La comparación constante, no.
Por eso, más que prohibir este tipo de contenidos, merece la pena utilizarlos como una oportunidad para hacer preguntas: «¿Crees que ese cuerpo es realista para cualquier persona?», «¿Qué cosas no se ven detrás de esas imágenes?» o «¿Piensas que el valor de una persona depende de cómo es su físico?». Estas conversaciones ayudan a desarrollar un pensamiento crítico que protege mucho más que cualquier prohibición.
Cómo hablar con un adolescente obsesionado con su cuerpo
Cuando un padre observa que su hijo está cada vez más preocupado por su aspecto físico, la reacción inmediata suele ser intentar convencerle de que está exagerando.
Sin embargo, frases como «pero si estás perfectamente», «eso son tonterías» o «deja de mirarte tanto al espejo» rara vez ayudan. Para el adolescente, el malestar es completamente real, aunque su percepción del cuerpo esté distorsionada.
Antes de intentar corregir sus pensamientos, conviene escuchar qué siente cuando se mira al espejo, qué espera conseguir entrenando o qué mensajes recibe de su entorno.
El objetivo no es discutir sobre si tiene más o menos músculo, sino comprender qué necesidad emocional está intentando cubrir a través de su imagen.
Frases que ayudan y frases que empeoran
Ayuda preguntar con interés genuino: «¿Qué es lo que te preocupa exactamente?», «¿Cómo te sientes cuando no puedes entrenar?» o «¿Qué significa para ti tener ese cuerpo?».
En cambio, suelen empeorar la situación comentarios como «eso se te pasará», «deja de hacer el ridículo» o «tienes una obsesión absurda». Estas frases aumentan la sensación de incomprensión y hacen que el adolescente se cierre todavía más.
Escuchar no significa reforzar la obsesión; significa crear un espacio donde pueda empezar a cuestionarla sin sentirse juzgado.
Qué hacer si niega el problema
Es bastante frecuente que un adolescente con vigorexia no considere que exista ningún problema. Desde su punto de vista, simplemente está siendo disciplinado o cuidando su salud.
En estos casos conviene evitar las discusiones centradas únicamente en el gimnasio. Resulta mucho más útil hablar sobre cómo está afectando esa preocupación al resto de su vida.
¿Ha dejado de salir con amigos? ¿Se enfada cuando no puede entrenar? ¿Toda su autoestima depende de su físico? ¿Ha empezado a consumir suplementos sin supervisión? Estas preguntas permiten ampliar el foco y ayudan a que el adolescente empiece a reflexionar más allá del número de horas que pasa entrenando.
Cuándo pedir ayuda profesional
Si la preocupación por el cuerpo empieza a condicionar la alimentación, las relaciones sociales, el estado de ánimo o la vida diaria del adolescente, conviene buscar ayuda especializada.
También es recomendable consultar cuando aparecen entrenamientos compulsivos, consumo de sustancias para aumentar la masa muscular, ansiedad intensa al no poder hacer ejercicio o una insatisfacción corporal que no mejora aunque el físico cambie.
Cuanto antes se intervenga, más fácil será evitar que la obsesión termine consolidándose.
Conclusión: cuerpo, autoestima y salud por encima de la apariencia
Hacer deporte es una de las mejores decisiones que puede tomar un adolescente. El problema nunca es el ejercicio. El problema aparece cuando el valor personal empieza a depender exclusivamente del aspecto físico.
Nuestros hijos necesitan aprender que cuidar el cuerpo es importante, pero que su autoestima no puede construirse únicamente delante de un espejo. Porque el músculo puede crecer, cambiar o desaparecer con los años, pero una autoestima basada únicamente en la apariencia siempre será frágil.
Educar para que un adolescente se quiera por quién es, y no solo por cómo se ve, sigue siendo la mejor prevención frente a la vigorexia y frente a muchos otros problemas relacionados con la imagen corporal.







